VIDEO-COLUMNA 13/04/2026
Identifico a la institución educativa como el «Lecho de Procusto»: En la antigua Atenas, se hablaba de un bandido llamado Procusto que tenía una cama de hierro. Si el viajero era muy alto, le cortaba las piernas; si era muy bajo, lo estiraba a martillazos hasta que encajara. El sistema educativo hace lo mismo: corta las alas de la creatividad para que el individuo «encaje» en la estructura de la obediencia y la producción. Esta es la lección que nos viente azotando en el rostro, desde 1989, LA SOCIEDAD DE LOS POETAS MUERTOS (escrita por Tom Schulman) porque es el ejemplo perfecto de cómo esa «canción», de la que habla Holmes, es sofocada no solo por una institución, sino por una cadena generacional de padres “programados” en el esquema de la obediencia, la disciplina, el honor y la tradición.
Entré a la sala de Mallinkrodt 76, con la película clara en mis recuerdos, es una de mis favoritas, pero a los 5 minutos había entrado a otra dimensión; más cercana, más familiar, en mi idioma y con una actuación soberbia de cada uno de los actores en escena. Son realmente extraordinarios. O yo estaba demasiado vulnerable o sus actuaciones fueron sencillamente sublimes; me inclino por esto último.
El diseño de luz, las coreografías para el cambio de escenografía, la musicalización, todo funciona como relojito suizo, nada está dejado a la improvisación. Una obra redondita.
Todo ayuda a que el mensaje quede más claro que en la película, ya que aquí el nudo del padre de Neil Perry está en un plano superior que el profesor Keating. Su «honor» y su «tradición» son, en realidad, cicatrices de sus propios deseos enterrados. Él no quiere un hijo, quiere un seguro de vida; no quiere una canción, quiere un eco. La tragedia ocurre porque el sistema (padres + colegio) prefiere un hijo muerto a un hijo que cante una melodía que ellos no pueden controlar. ¡NOTABLE!
OVACIÓN DE PIE PARA “LA SOCIEDAD DE LOS POETAS MUERTOS”